Al fervor argentino ¡Salud!
NOTA DE TAPA | 2010-07-23 00:00:00

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Al fervor argentino ¡Salud!

Por Natalia Arenas

Ser argentino es una de esas cosas que, sabemos, no es fácil. Por la  historia con la que cargamos, por la fama que supimos conseguir y por otras tantas cosas, cuesta ser argentino. Pero también gusta. Y enorgullece. Pocos países tienen en su haber tantos poemas, canciones y hasta libros enteros dedicados al ser nacional. Vamos… ¿en qué otro país se inventó un terminó similar al de “argentinidad”?



En un arrebato de sinceridad brutal, bien podría decirse que si hay algo que jamás caracterizó a los argentinos es la unión. Muy por el contrario, el ser “contreras” entre compatriotas nos define bastante bien. Como si la historia se hubiera escrito en una constante bifurcación entre los que están de un lado y del otro –unitarios y federales, laicos y libres, peronistas y antiperonistas, por poner unos pocos ejemplos-, no somos, en general, un pueblo solidario.
Sin embargo, hay una pasión que, aunque más no sea cada 4 años, nos une. El mundial es el único acontecimiento, el único momento y el único motivo para que todos tiremos para el mismo lado. Pasión efímera, si las hay, no hay que igualarla ni generalizarla a la pasión futbolera. Porque la pasión futbolera no deja de dividir (Boca/River, Racing/Independiente y la lista es larga). El futbol es una cosa, el mundial es otra. Además, futbol miran los futboleros, el mundial lo miran los argentinos. Con escasas excepciones, claro.
El mundial es uno de los pocos momentos en que se ven banderas argentinas colgadas de los balcones, saliendo de las ventanillas de los autos y adornando esquinas, rejas y ventanas. Es por el único motivo que se “para el país”, como nos gusta decir a los argentinos, cada vez que hay partido. Silencio de muerte en el barrio. Millones de estruendos, bocinazos y gritos, por cada batalla ganada.    
Piel de gallina cuando, minutos antes del partido, se escucha el himno nacional y la tele reproduce los rostros de cada uno de los jugadores. Y es en este punto en particular que este Mundial tuvo un condimento adicional: el acompañamiento coral a la introducción de la canción patria por parte de la hinchada. El ritual había empezado unos días antes de que arrancara la gran fiesta futbolística: En el estadio River Plate se jugaba un amistoso entre la selección argentina y la canadiense. Era la despedida de la primera, que se estaba yendo a Sudáfrica. En el tradicional momento del Himno, Andrés Ciro Martínez (ex líder de Los Piojos) saca su harmónica y toca la introducción. La hinchada responde como nunca: acompaña con el típico coro de cancha, casi tan difícil de describir con palabras como imposible no deducir de qué tarareo estamos hablando. Y, partido a partido, la novedad se hizo liturgia.
Tal vez no sea casualidad que ese partido de despedida de la Selección en River haya sido un 24 de mayo, un día antes de que la Patria cumpliera 200 años.
Este año, el mundial de fútbol coincidió con un hecho histórico en nuestro país: el Bicentenario. Y los festejos pertinentes. Porque tampoco es lo mismo el Bicentenario que sus festejos. Bien podría haber pasado desapercibido. Bien podría haber habido festejos (los mismos que hubo) y que la gente no se de por enterada. Sin embargo, la gente se enteró. Y festejó.
Lo cierto es que más allá de las especulaciones barajadas antes del Bicentenario propiamente dicho, la fiesta que se vivió en la calle fue sorprendente. Gratamente sorprendente. Como en aquella vieja canción de Serrat, grandes, chicos, ricos, pobres, hombres, mujeres, niños, blancos, negros y colorados se apropiaron del espacio público y salieron de sus casas a encontrarse, a juntarse, a compartir y festejar el hecho histórico: la Argentina, como Patria, cumplía 200 años y cada uno era parte de ese acontecimiento.
Decir que las calles se tiñeron de celeste y blanco puede sonar a lugar común… pero no por eso menos cierto, ni literal. Como si el Mundial se hubiera adelantado 15 días, hubo banderas en los balcones y hasta se cantó el Himno varias veces en la Semana de Mayo, con el infaltable coreo inicial. Los más grandes dirán que fue emocionante, los más jóvenes que fue fuerte. Lo cierto es que la argentinidad, ese cúmulo de costumbres, pasiones, sentimientos y características que define al ser nacional dejó verse como nunca en cada uno de los barrios porteños, bonaerenses y del interior.
Esa misma argentinidad, a pesar de un triste resultado, juntó cerca de 15 mil almas para recibir a un plantel que, aunque no alcanzó, puso lo que hace años no se veía en los estadios mundialistas: la sensación y la confirmación de que “hay equipo”.
El desafío tiene hoy forma de pregunta. Y la pregunta debería ser “cómo se sigue”. Pasó el Bicentenario, pasó el Mundial y, así como desde chicos nos enseñaron que las malas experiencias siempre nos dejan una enseñanza, tenemos que aprender que las buenas, también.
Sería interesante pensar si la exaltación de la pasión por la celeste y blanca y la alegría que lograron juntar a un pueblo con diferencias aparentemente irreconciliables quedarán en eso o tendrán una continuidad. Ser argentinos todos los días y reconocer como tal al que tenemos al lado podría ser, como en una relación simbiótica, el desafío y la respuesta al mismo tiempo. Tal vez podamos ponernos la camiseta más seguido y salir a la calle a festejar, simplemente, el orgullo de ser argentinos.  



A propósito de la argentinidad...    

A veces nos preguntan cómo fue que empezamos a jugar el juego. Si fue por interés del grupo, o por alguna “fecha en especial”. Si festejábamos, recordábamos o conmemorábamos algo, a alguien o a todos. La explicación es tan simple como la realización en sí misma, necesitábamos ejercitar el músculo de la memoria, transmitir a quien tuviera la oreja atenta, que el aprendizaje de nuestra historia es y será nuestro mejor manual para la supervivencia  de las generaciones por venir. Y qué mejor que arrancar con los monólogos de Tato Bores, escritos  por Santiago varela. Así nacieron “Al Gran pueblo Argentino…Salú” y “Argentina Power”. El primero de ellos con una mezcla de ironía, lógica, absurdo, ficción, mentira, verdad, discurso político, plegaria. El tinte discépoliano, gritándonos ‘Presente’, con su mítico calefón chamuyándole a la Biblia: Son nuestros los errores y los aciertos. Los argentinos tenemos en nuestro haber triunfos aclamados hasta el cansancio y fracasos ocultos bajo el eterno manto de piedad de una sociedad que es pródiga en el octavo pecado capital: la inocencia.
Son nuestros los desaparecidos y nuestra la Mano de Dios. Nuestro Housay, Leloir y Milstein; y nuestro el tiro en el pecho de Favaloro, al decir de la Bersuit.
Nuestra la Casita de Tucumán y la ley de Obediencia Debida. Nuestros los chicos de la calle y las modelos hot. Nuestras las calles de barro y las luces del centro, las escuelas rurales y los High School.
Tan nuestros que duelen, tan nuestros que aman, tan nuestros que de aquí en adelante solo cabe ir mejorando: “y nosotros somos actores, cantamos, amamos, sentimos, convivimos, nos peleamos, reímos, lloramos y todavía nos caemos bien…porque tenemos una pasión: el teatro. Un motivo: la gente. Un ideal: los derechos humanos y la inclusión social en serio para un objetivo común, en este caso el arte escénico”.

Laura Casamayor
Directora del Grupo La Décima Parte y presidenta de la Asociación Amigos del Teatro.
Autora de la obra “Al Gran Pueblo argenino.... Salú!”  














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